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Arcade Fire en los reflectores: sobre su Reflektor en vísperas de Everything Now

Lunes, 03 julio 2017 1 Comments

Arcade Fire trae nuevo álbum en julio, pero no por eso olvidamos los anteriores…

Ya he referido en Festify que soy muy mala fan. Me cuesta trabajo seguir pistas y apenas estoy descubriendo una cosa cuando la banda ya la dejó atrás. Sin embargo, cuando una rola o un álbum me impresiona, no quito el dedo del renglón.

En el caso de Arcade Fire, me pasó con la banda, sus rolas y sus álbumes. Descubrí a los canadienses muy tarde… O, no, no tengo que rebobinar la cinta y sobreescribir: me mostraron a los canadienses después del lanzamiento de Neon Bible. Carlos, mi amigo desde que teníamos 15 años y uno de los melómanos que agradezco que estén en mi vida, me puso un día “No Cars Go”. Me estaba platicando sobre cómo se sentía identificado con la canción, porque tenía una conexión tan fuerte como la que describía la rola con un amigo suyo y, mientras me platicaba, yo no podía dejar de escuchar. Me sentía hipnotizada; llamada a una atmósfera que, hasta entonces, me era ajena, pero hacía que todo el cuerpo se me agazapara alrededor de los golpes que amenazaban con destruir a mi corazón.

De ahí, “Intervention” me hizo pensar en el mensaje social de la banda, sin que pudiera evitar asociar su música con esta capacidad que tiene cierta gente de separarse de la realidad para observarla y crear letras impresionantes y llenas de conciencia.

Luego salió The Suburbs y, lo reconozco, escuché el álbum con avidez… Y lo escuché y lo escuché y lo escuché. Todo cabía en ese álbum: desde el rock más pesado de “Month of May” hasta la narración llena de confesiones de “Suburban War”, un tema que hace una crítica social a las guerras y a las diferencias que provocan que desconozcamos incluso a aquellos con quienes crecimos, a quienes fueron nuestros amigos.

El álbum le valió un Grammy a la banda canadiense. No digo yo que estos galardones sean una medida del nivel musical de una banda, pero sí lo es de la proyección que está teniendo.

Carlos y yo íbamos a verlos en el Palacio de los Deportes, pero una tragedia familiar nos impidió asistir.

Arcade Fire se convirtió en mi proveedora de soundtrack: un nuevo trabajo, “Ready to Start”. ¿Me siento enferma? “My Body is a Cage”. Si me dolía el amor, no había un verso musicalizado tan poderoso como “I carved your name across my eyelids/ you pray for rain, I pray for blindness” de “Crown of Love”.

Ya saben, nunca falta quien juzga al otro por sus gustos musicales y a mí, que me gusta escuchar desde música clásica, progresivo, tango, banda y lo que me pongan en los oídos, en esa época la gente no me bajaba de hipster pretenciosa por escuchar a la agrupación encabezada por Will Butler. No encontraba las palabras para explicarles que Arcade Fire es inagotable, una fuente de creatividad e innovación que brota de las mentes privilegiadas de los genios que conforman la agrupación.


Y entonces salió Reflektor. ¿Era posible tanta perfección en un álbum? ¿Se valía? Encima, el gran David Bowie había hecho una colaboración –sin importar si fue mínima– en la canción que da nombre al disco.

Y una vez más, empecé a escucharlo todos los días. Primero en los trayectos de ida a mi trabajo, luego sumé los trayectos de vuelta hasta que terminé por escuchar el disco todo el día. En orden. Nada de poner el shuffle. De “Reflektor” a “Supersymmetry”. Una vez más, me vi envuelta en un mundo que, si bien me parecía que estaba en un lugar alterno, no me resultaba completamente ajeno.

La evolución de los temas es maravillosa, siempre con un reflector que nos deslumbra y nos impide ver más allá. ¿Por qué otra razón es que Orfeo deja ir a Eurídice, que porque se enfoca en el sufrimiento aparente de su enamorada y no recuerda que se le ha avisado que no puede voltear a verla? Y varias canciones con un estribillo común “Can you see me?” (O la variable en el tiempo verbal “Could you see me?”). Ese es el tormento constante reflejado en el álbum de Arcade Fire. Está obsesión que no nos es ajena, que viene con el deseo de pertenecer a algún lado. ¿Puedes verme? ¿O acaso el reflector te lo impide? O lo que es peor, ¿acaso el reflector me impide reconocerme?

Y si a esto le agregamos el tema amoroso, el tema de tener una relación precisamente bajo reflector, la cosa se complica. La primera parte del disco es flashy. Todo en el disco impacta de tan contrastante (primero muy brillante, después oscuro azabache), hasta que llega la noche, y la noche, también brillante y divertida, como podemos atestiguarlo con “Here Comes the Night Time”, da paso a un nuevo día. Nos despertamos, gracias al reflejo de los rayos de sol, para seguir seguir descubriéndonos y señalando la normalidad como anormal, para entonces culminar el disco 1 con la historia de “Joan of Arc”, la mártir que dio su vida por sus ideales. ¿Es ese otro de los guiños sociales de Arcade Fire para no quedarnos pasivos ante nuestros ideales, ante nuestras luchas?: “I’m the one that will follow you/You’re my Joan of Arc”. 

Empieza, entonces, el segundo disco de este gran álbum. La noche da paso a una oscuridad mayor, la del inframundo que tiene atrapada a Eurídice. De la luz, Reflektor nos lleva a la oscuridad, ni más ni menos que a reflexionar. Entre otras cosas, en el segundo disco, la banda retoma el tema amoroso. Y es que, si el amor sobrevivió a la luz que ciega, ¿podrá sobrevivir la negrura del inframundo? En el caso de “Here Comes the Nightime II”, parece que es una noche lúgubre, prolongada, la noche de la tristeza, de la desolación.

Y, sin embargo, después de la súplica de Eurídice, reflejada en “It’s Never Over”, la desilusión da pie a la reafirmación del amor, si no es en esta vida, en otra. De ahí se desprenden los últimos tres temas del disco: “Porno”, “Afterlife” y “Supersymmetry”. Sobre esta última rola cabe recordar que forma parte del soundtrack de la película Her (Spike Jonze, 2013). Para quienes vieron la película y han escuchado con atención “Supersymmetry”, se percatarán de que la relación entre ambas es clara (“I know you’re living in my mind/ It’s not the same as being alive).

¿Cómo dejar entonces de escuchar un disco de este tamaño, con una carga simbólica tan profunda que, sin importar cuántas veces lo repita, siempre le da más y más y más?

Existen críticas divididas: hay quienes aseguran que Arcade Fire está condenado por Funeral y que no volverán a sacar un álbum tan maravilloso como ese. Otros más aseguran que Reflektor es un disco mediocre y que no reflejan en él sino el conservadurismo de sus raíces y su educación y, para ejemplificar este juicio, emplean “Porno”. Sobre esta última canción, permítame el lector una concesión más: la de defenderla. Quizá “Porno” sea, efectivamente, muchas rolas y, de última, una canción erótica, pero la forma como desnuda los problemas de una relación que está jodida por las experiencias previas, por la forma como las parejas se lastiman, así como la manera en la que, aunque con sutileza no con menos fuerza, habla de la objetivización de la mujer “And boys they learn/ some selfish shit/ Until the girl/ won’t put up with it”, no la hace una canción conservadora, sino una canción con un significado mucho más profundo. Y si a esto le añadimos que todo esto ocurre después de que, precisa y paradójicamente, Orfeo pierde su oportunidad y deja a Eurídice en el inframundo porque no pudo resistir el miedo de perderla, la culpa y la desesperación de hacerse escuchar que empieza en esta canción y concluye en “Afterlife” dejarían desarmado de dolo a un crítico sensato.


Casi me pierdo el Vive Latino de 2014, en el que la banda canadiense se presentó aquel viernes que nunca olvidaré. Una amiga me regaló el boleto, o yo no habría tenido manera de ir. Y ahí estuve, con ella y con Carlos, esperando para ver a Arcade Fire, para escucharlos. Se me enchinó la piel desde el primer acorde de “Reflektor” hasta el último de “Wake Up”. Lloré en “Ready to Start” y abracé a Charles en “No Cars Go”. Lo abracé por cariño (en ese entonces, diez años de amistad nos unían), pero también lo abracé para expresarle agradecimiento. Quien comparte música con otros lo comparte todo. Se ofrece a sí mismo, porque descubre una parte muy íntima, y abre un portal para que los demás se entreguen también.

Por eso, ahora que anunciaron que vienen a México -quién sabe cuándo, pero vienen- y con nuevo material discográfico, me dio la impresión de que mis sentidos volvían a abrirse.

Arcade Fire, los espero con el alma dispuesta para ustedes.

Charbelí Ramos

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