Especiales

Dolores O’Riordan: la voz de mi ilusión

Lunes, 15 enero 2018 0 Comments

La primera vez que escuché hablar sobre Dolores O’Riordan y sus Cranberries fue cuando entré a la preparatoria, hace 16 años. Me había hecho amiga de un súper fan y, conforme para mí la amistad se convirtió en amor adolescente, fui entrando más y más en el mundo de The Cranberries.

A distancia, me di cuenta de que las canciones del grupo me envolvían en una atmósfera onírica, tal y como ocurría en mi extraña relación de amistad con aquel bachiller. Escuchar la peculiar voz de Dolores me hacía entrar en un trance del que no quería salir, no sólo porque me gustaba, sino porque la asociaba con aquel amor frustrado que, si bien no se realizó nunca, durante muho tiempo me permitió vivir ilusionada y esperanzada.

Cuando teníamos 17 años, dos después de que aquel preparatoriano me había introducido a la música de la banda irlandesa, fuimos a escucharlos al Auditorio Nacional. Aunque la década de los noventa había quedado atrás, todavía no contábamos con la tecnología para sacar fotos más o menos aceptables con nuestros celulares, de modo que la memoria es todo lo que me queda de aquella presentación. Recuerdo que me quedé perpleja ante la presencia escénica de la frontwoman y que, tan cerca como estaba de ella, me pareció una de las mujeres más raras y hermosas que había visto hasta entonces. Y sin embargo, pese a su energía, la potencia de su voz y la forma como bailaba, marcando cada paso como si rapeara, pero con una gracia de prima ballerina,  lo que me ocurrió fue que su presentación me llenó de nostalgia. Era, quizá, que para entonces la asociación de mi amor adolescente con el grupo de rock era inevitable y que, a pesar de la esperanza, sabía bien que aquella añoranza que me hinchaba el alma no se realizaría nunca.

Cuando, un par de años más tarde, ya universitarios, dejé de hablar con aquel muchacho a quien había dedicado mis emociones y mis pensamientos durante tanto tiempo, me prohibí escuchar a The Cranberries, junto con otros grupos, como Garbage, Madonna o José José (nuestros gustos musicales eran muy variados). Sí, claro que había drama involucrado, pero también había mucho dolor. Me había entregado tanto a esa relación, que cualquier cosa que me la recordara me escocía, incluida la fabulosa voz de Dolores O’Riordan.

8 GRANDES CANCIONES DE THE CRANBERRIES

Mi duelo tardó mucho en concluir y mi tristeza mucho en desaparecer. Primero volví a escuchar Confessions on a Dance Floor de Madonna. Después, ya en mi primer trabajo, un amigo -quien, por cierto, sigue siéndolo- volvió a hacerme escuchar a Garbage porque le encantaba “#1 Crush”; yo sola volví a acercarme a José José y a The Cranberries.

La voz de Dolores nunca dejaría de provocarme una sensación de nostalgia, pero también, justo como me ocurrió a los 15 años, me esperanzaba. Incluso escuchando “Linger” o “Ridiculous Thoughts”, experimentaba la misma mezcla de emociones que con “Dreams” o “Just my Imagination”.

Cuando anunciaron la gira de 2010, no dudé en comprar boletos. Ya estaba lejos de aquella adolescencia atormentada por el desamor, pero cuando llegué al Auditorio Nacional, volví a buscar con la mirada al universitario con quien tenía años sin hablar. Se me arremolinaban las ganas de verlo a pesar de que nuestra historia no concluyó bien. Era la sinrazón de hablar con él en el marco del concierto de sus ídolos de la adolescencia, que a su vez se convirtieron en los juglares de mis tristezas.

No lo vi. No supe nunca si estuvo ahí, pero disfruté el concierto hasta las lágrimas. Me alegraba de que no hubiera conocidos junto a mí, puesto que me sentía ridícula de enjugarme el llanto cuando lo que la gente hacía era, en realidad, celebrar aquel concierto que había tardado tanto tiempo en volver a ocurrir.

Esta vez la vi de lejos, sin embargo, me pareció que la irlandesa estaba tan hermosa como antes. Sus movimientos conservaban la jovialidad de antaño, la gracia de antes. Agradecí al universo por haber crecido y haberme olvidado de la prohibición autoimpuesta de escucharlos. Bailé un poco, coreé las canciones que me sabía, me divertí muchísimo bajo una sombra pasada que, decidí en ese concierto, no volvería a afectarme más.

Y no volvió a afectarme. Poco a poco, empecé a apreciar la música de The Cranberries porque de verdad me gustaba y no porque la asociaba con una época de mi vida que, a la distancia, me parece absurda y oscura. Sin embargo hoy, 15 de enero de 2018, en medio de un resfriado tremendo, abrí Facebook y lo primero que vi fue que Dolores O’Riordan estaba muerta. Mi mente se llenó de “When You’re Gone” y, de inmediato, volví a transportarme a aquella época que duró de mis 15 años a los 19. Algo estaba mal con la muerte de una joven compositora y una talentosa vocalista, con el titular, quizá. Albergué la esperanza de que aquello no fuera cierto, a pesar de que la fuente de la información era confiable, pero la esperanza fue destruida por la realidad: Dolores O’Riordan está muerta.

Así que hoy, en el lunes más triste del año, el mundo le rinde pleitesía a este ícono de los noventa que ya no prestará más su voz para cantar. Algo no se siente bien. Algo no está bien y, sin embargo, a mí sólo me queda agradecerle por haber cantado así, por haberse hecho dueña del escenario de esa manera tan particular como lo hacía y, en última instancia, me queda disculparme con ella, o con la vida, o con quien me lea, por haberme tardado tanto en dejar de asociarla con una mala experiencia adolescente: si bien tuve el corazón roto por mucho tiempo, cuando escuchaba a Dolores O’Riordan, me parecía que no había imposibles y, aunque fuera por un ratito, el cielo se despejaba de los nubarrones y los rayos de sol me freían el pesimismo. Ahora entiendo que, para mí, Dolores representaba ilusión.

Charbelí Ramos

62 posts | 0 comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *