¿Dónde jugaron las niñas de Molotov?

Coberturas
Miércoles, 06 septiembre 2017 0 Comments
¿Dónde jugaron las niñas de Molotov?

¿Dónde jugarán las niñas? se lanzó en 1997 y, sin duda, el álbum marcó a una generación y, con motivo del 20 aniversario, la banda llevó a cabo un concierto conmemorativo el pasado 1 de septiembre en El Palacio de los Deportes.

Mi experiencia con Molotov inició precisamente con el lanzamiento de su primer álbum. Era yo una niña que jugaba (aún no los juegos que refleja la icónica portada) sino unos mucho más inocentes. Tenía 11 años y mi mamá nos llevaba a mi hermano y a mí a la escuela. De hecho, el Jetta acuamarina de mi progenitora reproducía casetes y, un día, nos puso el de Molotov. Mi mamá siempre me dio los libros que quería leer, sin importar si fueran para adultos o no, y nos inculcó que estaba bien escuchar de todo y ver de todo para decidir qué nos gustaba. Con ella cantábamos varios de los temas del álbum y, aunque al principio me daba pena entonar las “palabras altisonantes” de las letras, después me desinhibí por completo enfrente de ella o de quien fuera.

Estaba en el último año de la primaria y, durante toda la secundaria, ¿Dónde jugarán las niñas? influyó fuertemente en la cultura musical de mis amigos. Sí, es cierto, usaban alguna de las rolas para joder al prójimo (cuando joder al prójimo todavía no se denominaba bullying), pero también cantaban “Que no te haga bobo Jacobo” o “Gimme tha power”. En voz de mis compañeros, el disco cambiaba totalmente ante mis ojos y las palabrotas dejaban de ponerme incómoda, me ponían incómoda algunas canciones, pero era una incomodidad que no me lastimaba o no me hacía dejar de escuchar el casete del principio al final. De hecho, lo saqué del coche de mi mamá y lo integré a mi colección, junto al de Laura Pausini, QueenMichael Jackson y (tose incómoda) Fey.

Los años pasaron y vi el show de Molotov por primera vez hace un par de años en el Vive Latino. Muchos éxitos después, me di cuenta de que las canciones que más conocía eran las de ¿Dónde jugarán las niñas? y me llamó la atención el revuelo que causó que tocaran “Gimme tha power”, “Frijolero” y “Hit me” seguidas. La gente estaba muy empoderada y se liberó todo el enojo que el clima político nos provocaba (en 1997, entonces y ahora igual, ¿qué pasa que no cambiamos?). Sentía cómo la adrenalina se apoderaba de mi cuerpo. Enardecí, me enojé, me divertí. Todo en uno.

Esta vez, mientras los escuchaba en El Palacio de los Deportes tocar el álbum que los lanzó a la fama en orden, la experiencia me llenó de energía y también de nostalgia. Retrocedí veinte años en el tiempo y recordé lo poderosos que me parecían en aquel entonces. En esta ocasión me lo parecieron también, pero por razones completamente distintas. La gente vibraba. El recinto se abarrotó. Abajo, en la pista, parecía que no cabría un alma más, a pesar de que cuarenta minutos antes el lugar estaba semivacío. “Que no te haga bobo Jacobo”, coreaba la gente como si Jacobo siguiera vivo y lo tuvieran enfrente. Los fans se aglomeraban para dar paso al slam (como en el metro, los habitantes de la Ciudad de México desafiaron las leyes de la física). Uno de ellos, incluso, bajó de la Sección D a la pista balanceándose por la barda de alambre (si alguien conoce su paradero, díganos si bajó bien y si no lo vio seguridad). En diferentes momentos, nos unieron experiencias distintas, en una misma voz: a veces el coraje, a veces la esperanza, siempre la fiesta: y es que no solamente no solamente Molotov festejaba que las niñas siguen siendo juguetonas, sino que nosotros celebrábamos el paso del tiempo y recordábamos cómo hay situaciones que ya deberían haber avanzado y que, desafortunadamente, nos siguen golpeando como sociedad y como país.

Fueron cuarenta y cinco minutos de euforia absoluta, que cedieron el paso a un intermezzo largo que permitió a la audiencia de gradas intentar organizar una ola que no se concretó, y al Huido rifarse unas manitas calientes con los estoicos asistentes al concierto que llevaban horas esperando a la banda, que cuando regresó se dedicó a divertirse en el escenario (a costa, en ocasiones, del ánimo de los asistentes, que defintivamente bajó en la segunda parte de la tocada, pero que remontó cuando los integrantes de la banda volvieron a tocar los éxitos).

“¿Qué es lo que hace a Molotov tan diferente?”, pensaba. No puede ser una explicación tan burda como “tienen rolas divertidas y rolas con mensajes sociales”. Es decir, claro que es cierto, pero estamos rozando apenas la superficie de aquello que, en realidad, los hace especiales. Me parece que es el hecho de que sean capaces de retratar a la cultura mexicana con tantos matices: la irreverencia, los albures, la picardía mexicana, las fiestas, la audacia; lo no tan cómodo, como el machismo y la discriminación; la lengua, cargada de mexicanismos, de frases hechas, de astucia, y mezclada con el inglés, que también refleja la influencia que los países vecinos tienen entre sí. Además, han llevado toda esta cultura a Iberoamérica, desde España hasta Argentina, Molotov suena y la banda es admirada.

Así que, veinte años después, las niñas que crecieron siguen jugando y Molotov sigue tocando. ¡Y que siga!

 

Fotos: Miguel Villa

Charbelí Ramos

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