How does it feel to be alive?: Metallica en México

Coberturas
Jueves, 02 marzo 2017 2 Comments
How does it feel to be alive?: Metallica en México

La primera vez que escuché nombrar a Metallica estaba en la primaria. Iba en el camión de la escuela, con un conductor que sintonizaba una estación de radio de cumbias y tenía hartos a los adolescentes de secundaria que también viajaban en la Ruta escolar 4. Un día de accidentes viales y tráfico insoportable, mientras sonaba “Muchacha triste” de Los Fantasmas del Caribe en las bocinas del autobús, una de mis compañeras, que en esa época estaba en segundo de secundaria, gritó: “¡Pongan a Metallica!”. Yo le hice eco: “Sí, pongan a Metallica” y ella me interpeló: “Ay, tú ni sabes quién es Metallica“. “Claro que sé”, contesté indignada, aunque en realidad tenía razón. “Ah, ¿sí? Entonces dime el nombre de una rola”. Con el pequeño orgullo herido, confesé que no me sabía el nombre de ninguna. “Entonces no conoces a Metallica y, si los conocieras, no te gustarían”. ¡Qué manera tan absurda de sentenciarme! Pasé muchos años intentando definir mis gustos musicales, solamente para darme cuenta de que eran indefinibles, y si bien mi encuentro con la banda tardaría mucho tiempo en llegar, cuando ocurrió, se convirtió en una de esas historias de amor eterno.

Y aún así, no se me hacía verlos. Escuchaba sobre sus legendarios conciertos con envidia, con tristeza, con lamentos. Mis amigos me contaban que habían ido y yo no podía creer que no había vivido esa experiencia… y ahora no puedo creer que la viví.

Acudí al Foro Sol a la hora indicada para prensa. Me sentía nerviosa, pero no por mis compañeros sino por la expectativa que me generaba el concierto. Me sentía como una novia que no había visto a su novio por mucho tiempo a quien, por supuesto, se le encoge el estómago ante el mundo de posibilidades que se abre con su reencuentro.

Cerberus sonó a energía pura, a frescura, a agradecimiento. Los muchachos que conforman a la banda prendieron a la gente con su música y con sus palabras: “Gracias por apoyar al metal mexicano”, decían, y dejaban que sus canciones se comunicaran por ellos. Y es que, en verdad, la gente escuchaba y aplaudía a esta banda joven que se entregó en el escenario.

Después, una vez más, entre el atardecer, la promoción de las cervezas, el aroma del tabaco y las conversaciones entre amigos, regresó la expectativa. La antesala a Metallica también se me antojaba majestuosa: Iggy Pop. Un must en los oídos de todo melómano, pese a que, después, se decida si nos gusta o no.

Cuando apagaron las luces, escuchaba gritos tipo “¿Ya viene Iggy Pop? Yo vine por Luis Miguel” y risas de todos los que estábamos alrededor. E Iggy “no Luis MiguelPop se apareció en un escenario que, demás está mencionarlo, nunca le quedó grande. Fue un deleite escucharlo, verlo moverse de un lado a otro con el pelo largo y lacio, sin camisa, seguramente levantando las envidias de los más jóvenes que, ni en sueños, podrían imaginarse con un cuerpo así a los 69 años de edad. “The Passenger” llegó muy pronto y, con ella, mis primeros indicios de lo que la noche me deparaba. Nos hacía señas obscenas y el público, emocionado, las devolvía. Incluso, el primer baño de cerveza se dejó venir. Por supuesto, era de esperarse que la interacción del ídolo con la audiencia se limitara a “Motherfuckers” “Fucking Mexico City” y más señas obscenas. Y gracias, Iggy, gracias por ser tan grande, gracias por tu hora de entrega al escenario, por los insultos y por las canciones, por la forma como te mueves en el escenario, por cantarle a los de hasta delante y doblarte para alcanzarlos. Gracias.

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Entre la presentación de Iggy y la de Metallica hubo tiempo eterno de espera. El Foro, que ya estaba muy lleno, empezó a colmarse de más y más gente. “Chichis pa’ la banda”, gritaban en General B cuando alguna muchacha se sentaba en los hombros de su acompañante e, incluso, una de ellas les enseñó qué significa beberse de fondo una de las cervezas dobles que los vendendores promocionaban sin cesar. La ola engalanaba las gradas y hacía que todos los que nos encontrábamos abajo giráramos el cuerpo para seguirla. Luego chiflidos de los más impacientes, de los más descarados.

Y yo, aunque estaba parada, me sentía como sentada en una banca esperando ya la hora de mi encuentro amoroso. Me sentía en otra dimensión, de modo que, aunque el tiempo se me antojó eterno, también ocurrió que perdí la dimensión del mismo hasta que las luces se apagaron y mi corazón latió más rápido. Y las pantallas con escenas de El bueno, el malo y el feo, y la música, y la gente. Al fin, ¡al fin! Después de años de escucharlos y de años de esperarlos, al fin estaba por disfrutar de un show de estos cuatro magníficos que, aunque le hablaban a todo el Foro Sol, a mí me susurraban al oído y luego estallaban y yo estallaba con ellos.

“México es nuestra segunda casa”, dijo Hetfield. “No importa de dónde vienen, cómo se vistan, lo importante es que hoy están aquí y que somos familia.”

Pura magia. Magia pura. Así sonaban todos los acordes de cada rola que tocaron. Todas las letras coreadas por miles y miles de almas que se dieron cita el 1 de marzo para ver a sus ídolos. “Oe, oe, oe, oe, Metallica” y el estribillo se repetía cada vez que parecía que reinaría el silencio. Pero, ¿cómo podía haber más silencios que los que también representan música, si incluso el piso del Foro Sol necesitaba retumbar a nuestros pies, o provocado por ellos? Uno no podía pasar por alto las vibraciones que hacían eco a la emoción de los fans de la agrupación, a pesar de que lo intentara. Era imposible colarse entre la gente para acercarse un poco, puesto que, por secciones, los asistentes al recinto se encontraban tan cerca los unos a los otros que no cabía un alma más, mucho menos en tanto que estaban colmadas de emociones.

¿Qué se sentirá tocar ante tantas personas que saben todas tus canciones, que imitan el movimiento de tus dedos, como si el aire se vistiera de una guitarra? ¿Qué se sentirá perderse entre los ojos de miles de cabezas, solo para después reencontrarte renovado, otro? A mí también la emoción se me agolpaba dentro y, para cuando empezaron a sonar las balas y las hélices, sentí que quería llorar. “No seas tonta”, me reprendí, “estás en un concierto de metal”. Pero es que era tal la energía en ese momento, éramos tantos los seres reunidos ahí, que seguro habríamos hecho otro Big Bang y hubiéramos dado pie a otro universo. De hecho, pasó. Estábamos en otro lado. La música ya nos había transportado. Las pantallas ya nos habían absorbido. Ya éramos soldados en una pesadilla, ya los muñecos o los manipuladores de las marionetas, ya unos niños asustados, ya unos resucitados.

“¿Están vivos? ¿Qué se siente estar vivos?”, nos increpó James Hetfield. Se siente como si uno mismo fuera música. Como si uno fuera el bajo de Robert Trujillo, los platillos de Lars Ulrich o los acordes magistrales que Kirk Hammett interpreta con su guitarra. Podría medir mi vida en vibraciones y, sin duda, las del Foro Sol del primer concierto de Metallica en México, en 2017, me sumarían experiencia y me abonarían años y años.

Y luego, como si tuvieran que probarnos que nos tienen en la mente, el frontman nos mostró que su plumilla tenía una cara grabada con el logo de Metallica y, en la otra cara, la bandera mexicana. Justo después de eso, bajaron las pelotas que adornaron la pista del Foro Sol y, junto con ellas, sonaron los primeros acordes de “Enter Sandman”.

El final del concierto llegó y, con él, los agradecimientos sentidos de una banda que ama a México, a su gente, siempre entregada, siempre noble, siempre enamorada. Cada uno tomó el micrófono. Por su parte, Robert Trujillo no dejó pasar la oportunidad para llamarnos chingones, mientras Hammett aventaba plumillas al por mayor. Y yo partí del recinto como una amante complacida: despeinada, con el maquillaje corrido, la sonrisa en el rostro y ganas de más.

 

Charbelí Ramos

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2 Comments

  1. alberto says:

    Eres lo máximo, me encantó tu reseña.

    Saludos

  2. Pingback: Mira a Lars Ulrich de Metallica trolear a sus fans | Festify

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